El misterio de la obra de Víctor Gregorovious

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CUENTO

 

Portada Ansina

Por Luis Espinosa

En una página de su diario, fechada en diciembre de 1948, Gregorovious escribió con una tremenda agitación:

“Le debo todas mis renovadas esperanzas a la noche. Que mansamente me adoptó sobre las alas de la oscuridad. En los desiertos del tiempo. En la materia y en el fragmentario sueño. Fragancia de la decepción, sangrada felicidad, instante absoluto, potencia del alma…A ti te debo el ser todavía”.[1]

Ahora descubro, con algo de alivio que las biografías de Víctor Gregorovious no inundan ya los periódicos, las portadas de los suplementos literarios o publicaciones parecidas. Sin embargo a bordo del navego, me uno al peregrinaje de aquel basto rumor que fue su vida y su obra. Ha bastado la leyenda de su ojo extirpado para consolidar el anteproyecto de su pintura sobre su vida.

            Escribir de su pintura y enaltecer su cosmovisión panorámica y su moderada elegancia es caer en las regiones comunes de la crítica y de la prensa nacional, y lo decía Borges, siempre hay una carga de verdad en los lugares comunes.

            Es imposible negar la influencia de Cézzane en la primera parte de su obra, otro valiente labrador del arte, espíritu modesto, cordial y triste como todo artista. El sistema de perspectiva de Cézzane pretendía obtener la realidad objetiva, sin la mancha corrupta de lo subjetivo. Este mismo espíritu lo guiaba a Gregorovious. Cézzane y Víctor sufrieron el mismo destino: no pudieron comprender. Lo que por naturaleza es incomprensible. Porque el arte es como la luz, se puede ver pero no alcanzar[2].

            Victor Gregorovious exhibió talento y ser un hombre con mucha cultura, elementos importantes para la construcción de toda obra. Quienes lo conocimos personalmente podemos confirmar su método de trabajo, tan celoso y minucioso, y que originó tantas anécdotas, artículos periodísticos, ensayos literarios, poemas[3], libros y tesis en las facultades de arte.

            No todos supieron ver su rastro luminoso, como lo hizo su discípulo Aníbal Avellaneda con el libro “La metáfora exaltada del método Gregorouviano”, ahí se develan breves episodios de su mal carácter y su arduo trabajo con la pintura. Abre de par en par la celosa corrección a sus pinturas: que lo llevó a observar por bastos infiernos de tiempo el objeto a retratar. Si se trataba de frutos, Víctor los examinaba por días, para cuando comenzaba a dar los primeros trazos la fruta ya estaba podrida y tenía que emprender una rauda sucesión de elementos. El mismo procedimiento ocurrió con modelos que uno tras otro abandonó su estudio.

Según el testimonio de la investigación, ya citada, nos revela la lucha y conquista que representaba cada cuadro que Gregorovious construía. Nos debe bastar bosquejar a grandes rasgos su dificultad en cuanto a representar objetos, le parecía una labor laberíntica el plasmar sobre la tela objetos de tres dimensiones, muy desorientado asumía que la percepción humana era por naturaleza confusa, clave por la que los griegos ya se habían preocupado. Platón lo definió como “Mímesis”[4]. El argumento de la mímesis que Gregorovious adoptó como un absoluto, reproducía la imagen suprimiendo las alteraciones de las emociones y el intelecto.

***

Al igual que amas las novelas que te cortan el sueño y te perfuman las noches, a la mujer delgada que extraviada ronda las calles a tu lado o aquel jazz de olor a tabaco, tierra de nostalgias, fruto gratuito del azar. De la misma manera se ama la obra de Gregorovious.

No se sabe justo cómo ocurrió un cambio estético en su pintura. El mismo Víctor ignoraba las razones, es un misterio nebuloso ese cambio tan radical de la primera parte de su obra y la segunda. Y sin miedo a equivocarme afirmo que en la segunda etapa de su obra se encuentra el verdadero artista, aquel que vertiginoso y olvidado ahondó en los terrenos del sueño y del yo.

Fue a finales de 1955, años en que llevó a cuestas su exilio voluntario en su antigua casa de Santos Lugares, que escribió en su diario[5]:

“Aquella llama contamina mis días. En mi sangre negra y contaminada florecen nuevas vegetaciones, un sol nocturno y estrellas de luz me despiertan de la muerte. Estoy harto de reproducir con algodonosas pinceladas mi terrible existencia”.

A partir de aquí Víctor Gregorovious recurre al autorretrato, no por una fácil vanidad sino por la búsqueda en lo profundo de su alma, y hacer pinturas que expresaran ese cansancio terrenal y fatiga espiritual. Víctor se obsesionó con la ceguera.

Aves ciegas en una acacia de 1956 inaugura esta etapa. El cuadro hace referencia a los antiguos mosaicos egipcios, pájaros plasmados en el aterrizaje y algunos estáticos sobre las ramas. Sus cuadros poco a poco se fueron poblando de noche, los habitaron hombres y mujeres de grotescos desnudos, de aberrantes expresiones, de cabellos despeinados, de fondos negros, todos tienen en suma el misterio de la ceguera. Sus óleos ya acariciaban lo explícito de su espíritu, eran productos de arrebatos, eran gritos nocturnos.

 Pero fue su autorretrato en rojo el que dictó el tan amargo destino. Gregorovious se pintó un rostro sin expresión, con las arrugas propias del artista al que lo ha comido el tiempo y el ojo izquierdo vacío, la oscura cuenca hace violento e inquietante al cuadro y aún guardo en mi memoria aquella frase pujante que aparece a manera de firma: C´est la fin du monde.[6]

Ahora aquí, intento sobreponerme al desconcierto que provoca el imprevisible episodio que se narra a continuación. Los más ingenuos no admiten ni el menor paso de alguna fuerza mayor obrando en aquel instante, la posibilidad de una fuerza exclusivamente poética:

Gregorovious fue uno de los asistentes a la tertulia del Grupo de Pintores en el taller de Domínguez, en una discusión al calor del tabaco y los alcoholes, Domínguez reclamó, blandió el vaso de cristal que empuñaba y le dio curso en dirección a Hotchkis, que en el instante burló el vaso, y este tocó fin en el ojo izquierdo de Gregorovious. Así el Autorretrato y Víctor eran exactamente el mismo, ni un solo rasgo de diferencia.

Como pudiera temerse me acució aún más la curiosidad al leer una frase de gran hermosura en el último tomo de sus diarios publicados: “Los años me han derrumbado como un veneno compasivo, mi futuro se apaga y el tiempo me absorbe, como superviviente de mi epidemia, intento liberar una verdad: La casualidad tiene el menor sentido en el mundo de los hombres”.

P.S. Según parece, por declaraciones del propio Domínguez, que la única frase dicha por Gregorovious en aquel momento, fue: C´est la fin du monde.

[1] Fueron tres Tomos de “Los diarios de V.G.” que comprenden desde 1947 – 1957, un año antes de la muerte del pintor. La cita reproducida pertenece al primer tomo, a los años de 1947 a 1952.

[2] Recuerdo haber leído aquella frase en un libro impresionista.

[3]Manuel Arce le dedica un poema a Gregorovious, Vrbe publicado en 1962, poema cuya estructura es la del transcurso de un día, inicia con la energía de la mañana, pasando a las rojas y mansas sombras de la tarde para luego dar lugar a las primitivas alas de la oscuridad nocturna. El escrito se corona con el amanecer. Esto no sólo implica la destrucción de la noche, que tanto significó para Víctor, sino también la resurrección del amanecer.  

[4] Cita del libro “La metáfora exaltada del método Gregorouviano” de Aníbal Avellaneda.

[5] La cita cobra relevancia pues el pintor hace explicito el descontento por los resultados de su obra, quizá sea el puente que une ambas etapas de su evolución.

[6] Firma de Victor Gregorovious (su “Autorretrato en rojo” es el único cuadro firmado de esta manera, Victor acepto en una entrevista que le debe la frase a Borges, de su cuento “Un arte abstracto”) la traducción al español: “Es el fin del mundo”.