Cuando la justicia se convierte en delincuencia en manos de la sociedad

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Por Beatriz Flores

 

Poco después de las 8 de la noche entramos a Atitalaquia, en donde ya se congregaban cientos de granaderos, esperando una orden para avanzar hacia Tlaxcoapan,  en donde horas antes se había reportado que la población se había manifestado, detenido y linchado a un individuo por el probable delito de rapto de menores.

Aún se especulaban muchas cosas. Primero que se trataba del rapto de una menor, luego que no, que era por el homicidio de una joven de Atitalaquia;  más tarde, otra vez con  el rumor de los robachicos.  Mucha confusión en la información.

Una llamada telefónica alertó que había miles de gentes reunidas, tanto en la plaza pública como en la comandancia de policía, pero que no permitían tomar fotos ni grabar nada.   “No te arriesgues, pueden agredirte, no quieren ser evidenciados en las fotos o videos, así no podrán culpar a nadie de lo que está ocurriendo en Tlaxcoapan”, dijo el contacto.

Nos acercamos por la carretera  Tetepango – Tlaxcoapan, a una distancia considerable de donde se alcanzaba a ver  a la muchedumbre, frente a la comandancia de policía.  Primera corrección de los avances que habíamos publicado en las redes sociales.    Los probables delincuentes jamás llegaron al ministerio público.   Los habían detenido los  ciudadanos, luego de una corretiza que afirman, fue por las milpas, entre Tlalminulpa, comunidad del municipio de Atitalaquia y los trajeron hasta Tlaxcoapan.

Con el teléfono en la mano se intentó hacer una cobertura gráfica, solo duró unos segundos, ya que de inmediato varias personas se acercaron  de manera intimidante diciendo que “nada de grabar”.   Al tiempo, frente a la agencia del Ministerio Público, otros periodistas  también me llamaron “insensata, guarda ese teléfono, apágalo, no te arriesgues a que te lo quiten o a que te agredan”.  No hubo más remedio, pero tampoco imágenes.

En la misma agencia las titulares se dijeron temerosas por el  alto grado de agresividad de la población. No podían hacer su trabajo por el temor a ser lesionadas.  “No podemos acercarnos, tienen rodeado el cuerpo  y a la chica la sacaron por la fuerza y se la llevaron muy golpeada también”.

Unas personas iban comentando delante, que habían sacado las armas de la comandancia y les “habían puesto en su madre a los corruptos policías”.

En ese momento se confirmó que ya había un hombre muerto, linchado por los habitantes de Tlaxcoapan, dicen que había gente de Doxey, otros de Tlalminulpa.   Todos estaban revueltos.

También tenían a una mujer, algo joven, que fue detenida y que a fuerza de “madrazos”, la obligaron a “soltar la sopa” y confesar lo que pretendían hacer con la menor que intentaron secuestrar.  Los ciudadanos se convirtieron en justicieros. La golpearon con saña, la amarraron en la pérgola del jardín municipal y durante horas la mantuvieron en exhibición. Eso contaban unos y otros,  “para que se le quite a la hija de su put… madre, también hay que lincharla”. Se escuchaba en las charlas de los que ahí estaban.

13592240_167463013659104_7241443005757272501_nMe acerqué a la gente. No llevaba nada para tomar fotos, a muchos permitieron pasar sin cuestionar nada, familias enteras caminaban y veían de reojo y algunos preguntaban qué había pasado.   Me acerqué más y vi la exhibición del cadáver de un hombre, de una edad aproximada a los 30 o 35 años, sobre un gran charco de sangre, sin un zapato, con un lazo amarrado sobre el abdomen y entre el pecho.  La cabeza deforme de tantos golpes recibidos.  Se veía ya tieso y a pesar de que estaba  rodeado por decenas de personas,  se veía como el color de su piel empezaba a cambiar de tonalidad. La sangre estaba negra, haciendo costra.

La gente no quería que se cubriera el cuerpo, “para que los hijos de su pinche madre rateros y secuestradores vean lo que les va a pasar si se siguen pasando de verg… con nuestra gente”, decían.

Me acerqué a la comandancia de policía.  Los vidrios estaban rotos, en la entrada varias hombres impedían el paso, alcancé a ver a un oficial herido.  Decían que tenían más, que a todos les habían “puesto en su madre”.

También me acerqué a Protección  Civil.   Los elementos estaban replegados, sin poder prestar auxilio a nadie. Me pidieron no se me ocurriera tomar foto o grabar.  A ellos los obligaron bajo amenazas a guardar sus celulares o se los iban a quitar. Optaron por no alterar a la turba.

En algún momento comenzaron a correr y a disolver la muchedumbre. Hubo quien subió a bicicletas, otros en motocicletas, otros más en vehículos particulares y se dispersaron.  Pero también hubo los gritos de otros de decir que no huyeran, si los granaderos llegaban no iban a atacarlos, porque estaban “calmados”. Muchos volvieron y se reagruparon.

13537703_167462963659109_427138121566694281_nEran como las 10 de la noche. Al menos unas 15 patrullas de la policía estatal se apostaron en la calle 20 de Noviembre, con los elementos alertas a cualquier orden.   Pero no agredieron a nadie.  Se oían voces entre la gente que decían: “Me dieron su palabra, no van a atacarnos, solo se van a llevar a la chava, para que la interroguen y declare sobre los delitos que han cometido junto con ese cabrón y otros cómplices”.

“Ni madres, nos van a madrear”, decían otros.   “Aquí es de huevos, todos estamos, todos hacemos frente”, otros más.  “Pinches policías perros, aquí los esperamos”, otros bravucones gritaban.

Del centro iban cientos de personas con dirección hacia la comandancia.   Llegaron y llevaban a una chica, con el rostro sanguinolento, hinchado. Una mujer de unos veintitantos años, de tez morena, cabello corto, medio ensortijado o totalmente despeinado.   Vestía pantalón de mezclilla azul claro, una blusa roja y una chamarra delgada de color oscuro.

La gente decía “mátenla sin piedad, ellos no la tienen cuando secuestran niños o cuando los matan”.   En el otro lado de la calle frente a la comandancia, un hombre de edad mayor, gritó “quémenla”.   Unas jovencitas que no tenían más de 15 o 16 años pedían que la rociaran de gasolina y le prendieran fuego.

Otros dijeron que no, que la iban a entregar a los policías, a cambio de que “se hiciera justicia”.  Unos más dijeron “grábenla, que diga todo lo que sabe”.   Pero solo ellos, los pobladores, los justicieros podían grabarla.   “Usted no”, me dijo una mujer; le van a quitar el teléfono, sálgase de la bola, quítese de ahí.

Alcancé a oír que decía con una voz muy cansada, débil.   “No hicimos nada”.  Me fueron echando a la orilla.  Me volví a refugiar en la entrada de Protección Civil, buscando lápiz y papel, ya que no me permitían tomar fotos. No encontré, nadie tenía nada.

Me volví a la calle, con la gente. Preguntando y buscando que mi memoria no me fallara, tratando de escuchar lo que decía,  y preguntando  qué había dicho la chava cuando la obligaron a “cantar” en el centro.

“Se hace pendeja, dijo que no querían robarse a ningún niño, pero no le creemos ni madres”, dijo un hombre que despedía cierto aliento alcohólico.  También dijo que “la hija de la chingada ya confesó que tiene protección de la policía, el pinche comandante Amado, por eso le pusimos bien en su madre.  Pero también dijo que sabe quiénes mataron a la chavita que encontraron en el canal”. Una mujer le dio un codazo, para que no siguiera diciendo “pendejadas”.

Seguí moviéndome entre la gente. Pasé al otro extremo de la calle.   Ahí encontré a otro reportero con quien caminé alejándome de la gente, con dirección al centro.   Nos apostamos como a unos 100 metros de distancia, esperando el actuar de la policía.   Mientras, parábamos oreja.

“Aquí van a hacer represión con todos, no importa sean hombres, mujeres, viejos o niños”, decía un hombre a una familia que observaba con curiosidad hacia donde estaba la gente.   En otro grupo más atrás gritaba una mujer, “pinches perros policías, ¿cómo no vienen cuando están cometiendo un delito? ¿Ahora si vienen a rescatar a los putos delincuentes?

Como a las 10:30  o quizá un poco más, no pude ver el reloj, se escuchó un estruendo, parecía una bomba.  Nos movimos el compañero Francisco y yo hacia el lugar, “ya empezó”.  El se fue por un extremo de la calle, yo por el otro.   Llegamos junto a la gente, pero había risas burlonas, algo había pasado, la policía seguía sobre las patrullas, la gente sobre los vehículos de protección civil observando todos los movimientos. Había hombres y mujeres.

Me acerqué a la entrada de Protección Civil, de ahí observamos como los policías fueron bajando y tratando de hacer una acción envolvente, pretendieron rodear a la gente por el predio que tiene inicios de construcción.  Esta acción prendió a los habitantes que comenzaron a arrojar piedras, mismas que repelieron con sus escudos los policías.

Ahí empezó la acción represiva. En ese momento se dio la orden de ataque. Junto con los elementos de Protección Civil me refugié en sus instalaciones, alcanzaron a entrar unas personas. Se empezó a sentir el picor del gas que arrojaron. La orden del mando de la corporación fue “al suelo, no prendan luces, no prendan teléfonos”. La puerta fue cerrada.

Solo se oía el corredero de gente, los pasos de los policías. Desde una litera uno de los elementos estuvo pendiente de lo que afuera ocurría. El gas penetró y hacía toser y llorar a los de adentro, unas 10 personas.

Una mujer sollozaba y decía “mi papito se está muriendo”, lo tienen ahí, necesitamos atenderlo, lo van a matar.   “la chava dijo que él era su cómplice, pero no es cierto, mi papito está muy mal”.    Se estaba refiriendo al subdirector de la policía municipal, que fue golpeado con tanta saña, que lo dejaron mal herido y tirado al interior de la oficina policiaca.  Uno de los bomberos la tranquilizaba.

El vigía en la litera dijo “ya entraron a seguridad, ya lo van a sacar”.  Pasaron algunos minutos que se sentían eternos.  Hasta que el mando fue decir a los granaderos que estábamos dentro, que se trataba de su gente, fue como pudimos salir, todos con la cabeza abajo, cubriéndonos la boca y la nariz, el gas era muy picante.

Afuera los policías nos interrogaban, ¿quiénes son? ¿Todos son de Protección Civil? Si, dijo el comandante.

Mientras se veía el repliegue de personas al este y al oeste del lugar.  La gente que se reagrupó cerca del OXXO, en la carretera hacia Tetepango, seguía aventando piedras a los policías.   Algunos dijeron traían bombas molotov. Se escuchaban detonaciones. No sabíamos si eran cuetes o disparos de armas.

El picor del gas lacrimógeno seguía siendo pesado. “No se tallen los ojos, mejor pónganse a llorar” decían  bomberos.

En esos momentos, llegó al sitio el capitán Alfredo Ahedo Mayorga, secretario de Seguridad Pública en el Estado, todo el tiempo con el teléfono en la mano, dando órdenes, caminando de un lado hacia otro.  También se acercaron los agentes del ministerio público para hacer el levantamiento del cadáver, el cual, ya había sido cubierto con una sábana por los elementos de protección civil.

Seguía oyéndose la agresión de la gente, las pedradas.   “Quiero cinco escudos, cinco escudos, rápido, vayan a apoyar allá arriba”, decía un policía, seguramente un mando, para repeler las pedradas.

Pásenle para el otro lado, ¿nos dijeron, quiénes son ustedes? A pesar de que los elementos llevaban el uniforme, querían un mando para que corroborara que pertenecía a la corporación, pero en ese momento el mando estaba buscando la manera de sacar la ambulancia, misma que serviría para trasladar el cadáver.

Me acerqué al capitán Ahedo y obvio, no dio ningún informe, solo dijo “cómo cree”.   Pasos adelante dijo “después”.    Nos pasaron a la parte trasera del escudo policíaco.  Ahí ya había llegado otro compañero reportero. No podíamos ver nada, ni grabar nada.   También estaba otra reportera y llegó otro más, pero a ninguno dejaron traspasar la valla de uniformados.

Salió la ambulancia con el cadáver.   Llegaron muchos más granaderos, seguían los enfrentamientos verbales y con proyectiles.   Salieron otra vez los uniformados, nos dijo el vocero de la Procuraduría de Justicia del Estado, Fernando Hidalgo, que “por favorcito, nos hiciéramos para atrás, para protección nuestra, que ahí estaba el subprocurador y el procurador estaba en Atitalaquia”.  Obedecimos y nos fuimos.   Se volvió a oir otra detonación.

En la otra calle,  decenas de patrullas, cientos de policías, parecía que iban a rodear a los aguerridos tlaxcoapenses que les estaban haciendo frente.   Caminamos para dirigirnos al vehículo del compañero y tratar de colocarnos en algún punto estratégico.  Vimos como iban corriendo decenas de uniformados y “patitas pa’ cuando son”, también corrimos hasta ponernos a salvo, los policías no nos conocían y vestimos como civiles, pudieron habernos confundido.

Nos movimos hasta encontrar a unos familiares. Nos separamos.  Luego, se dieron otros enfrentamientos, finalmente, la policía se retiró, así, como llegó. Los habitantes se sintieron victoriosos.

Cerca de la una de la madrugada los ciudadanos quemaron una camioneta Van que estaba frente a la comandancia, lo  mismo que un vehículo Chevy y destrozaron las instalaciones de Seguridad Pública y Protección Civil, mientras tanto, festejaban al menos unos 20 hombres jóvenes.

En las redes sociales decían que iban las patrullas con gente hacia Atitalaquia.  Decían que “ahora el pedo estaba allá”.  Ya no se supo más.

En las mismas redes sociales, mucha gente condenó el hecho de que se tomara la justicia por mano propia. “la violencia solo genera más violencia”.  Otros aplaudían y festejaban la muerte del probable delincuente y la golpiza que le dieron a la chava.

 Algunos se dijeron consternados e invitaron a reunirse este domingo, para organizarse “contra la delincuencia organizada, no con violencia, sino con acciones más concretas”.

En ningún momento se notó la presencia del jefe policiaco del lugar.   Cuando llegaron los granaderos, preguntaron si estaba en la comandancia y con la respuesta negativa, uno de ellos ordenó “búsquenlo”.  Hubo quien dijo que estuvo todo el tiempo con algunos estatales en Atitalaquia, en la gasolinera.   Pero también dijeron que nunca está para hacer frente a las problemáticas de la ciudadanía, por eso siempre tienen que dar la cara los subalternos.

Tampoco hubo presencia de ninguna autoridad o representación municipal.   Ahí también hubo el descontento, porque dijeron que “como ya se va, no le importan los problemas del pueblo y ha sido su culpa que la delincuencia avanzara, porque también están involucrados”.  También dijeron que “esa y muchas otras situaciones se le salieron de las manos al presidente, no tuvo la fuerza para defender a su gente”.

A final de cuentas, una tarde y noche violentas, con saldo de un muerto, una mujer lesionada, un policía linchado y gravemente lesionado, por un rumor no comprobado sobre el rapto de niños, que hizo perder la cordura y sensatez a la población y los convirtió en delincuentes al privar de la vida a un hombre y querer erigirse como jueces y verdugos para con los posibles participantes de una banda de secuestradores que aparentemente opera en la zona, versión que no ha sido clarificada.

Y también, tres reporteros lesionados, dos de ellos por los habitantes y una en el fragor del enfrentamiento.   Martín Anaya, de Contraste, periodismo claro y oportuno,  a quien le quitaron su equipo de trabajo y lo golpearon en el rostro; Erick Jiménez de News Hidalgo, a quien le lesionaron la nariz y también le quitaron su equipo  y Verónica Monroy Elizalde, corresponsal de Plaza Juárez,  quien fue alcanzada por una bomba de gas lacrimógeno que le explotó en el chamorro izquierdo.

Fotos tomadas de Facebook.