“Padre, he pecado. “Soy lesbiana”

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De la niña profundamente religiosa que fui, vuelvo después de muchos años a la Iglesia, convertida en mujer lesbiana, a confesar ante seis sacerdotes diferentes mi apasionado amor por otra mujer. ¿Cómo me recibirán los curas? ¿Me aceptarán como soy, se mostrarán tolerantes y comprensivos con mi felicidad o me tratarán como una enferma y degenerada? Vamos a averiguarlo. Ave maría purísima…

En los albores de la Semana Santa, un sacerdote en Valencia negó a Pilar Gómez, de 52 años, la eucaristía. ¿El motivo? Pilar es lesbiana y vive con otra mujer.

Cuando Pilar, católica practicante, exigió una explicación, el sacerdote le hizo ver que su pecado no era ser lesbiana, sino no esconderlo, hacerlo “evidente”.

Yo soy una de las bautizadas que engrosa la lista de la Iglesia Católica, que suma entre sus adeptos 1.180 millones de personas en el mundo, aproximadamente un 17,40% de la población mundial (según el Anuario Pontificio de 2011).

De niña y adolescente fui un ejemplo de virtuosismo católico: quería ser santa. Estudié en un colegio de monjas, asistía los domingos a misa con mis abuelos, los viernes no comía carne, ninguna noche me dormía sin rezar y participaba en misiones católicas, evangelizando a las masas ignorantes de la palabra de Dios.

Entre la niña que quería ser santa y escondía debajo de su almohada la ostia del domingo para comer un trozo cada día y acercarse a esa santidad, y la lesbiana activista que soy en la actualidad ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo me recibiría la Iglesia si volviera? ¿Con los brazos abiertos como en la parábola del hijo pródigo?

Me propongo investigar, y por esto me acerco a seis iglesias de Madrid para confesar mi lesbianismo, averiguar si Dios aún me ama y me acepta como soy, si todavía puedo ir al cielo o mis años infantiles y juveniles hipotecados al servicio de la Iglesia no sirvieron para nada.

Primera estación: No soy un monstruo

A la hora de confesarme modifico mi historial de avezada lesbiana y me muestro ante los curas como una chica que se he enamorado de una compañera de trabajo y está manteniendo su primera relación lésbica desde hace dos semanas. En mi papel de incipiente lesbiana me siento feliz y plena, ya que previamente había mantenido distintas relaciones con chicos que no me hacían sentir bien.

Lo primero que me deja claro el cura de una iglesia del barrio de La Latina es que no soy un monstruo. Por fin respiro tranquila. No soy un monstruo, pero me encuentro en el camino incorrecto.

Al comienzo se muestra comprensivo. Entiende que pueda sentir placer junto a una mujer, porque Dios creó el placer carnal. Pero para dejarme claro lo inconveniente de este placer, ingenia una retorcida metáfora: “Esto es como echarse tierra en los ojos: te puede dar mucho gustito, pero no está bien, te hace daño”. Definitivamente, la idea eclesiástica de placer no me queda clara.

Me recomienda poner fin de inmediato a la relación con mi novia.

—Pero padre. Es que la quiero. La quiero tanto —explico desolada.
—Pero hija, claro que la quieres, y la puedes querer mucho, la puedes querer tanto como una madre quiere a su hijo enfermo. O una mujer cristiana quiere a los pobres. Lo que tú tienes que hacer es buscar un hombre y tener hijos para Dios.
—Pero si he estado con hombres, padre, pero no soy feliz con ellos. He probado, pero no hay caso, no me gusta ni siquiera que me den un beso.
—A ver, a ver, lo primero es que los hombres no son juguetes. No se puede jugar con ellos y desecharlos. Tú tienes que buscar a un hombre aunque no seas feliz con él. Ofrécele esta infelicidad a Dios, también ofrécele la pena de dejar a esta chica.

Para terminar me pide que no busque más confesores o no comente esto buscando otras opiniones; que sea más pudorosa, que sólo escuche y lea al Papa.

En mi papel de buena cristiana leo lo que dice el Papa. Me encuentro con que a su parecer la homosexualidad amenaza tanto a la humanidad como el cambio climático, que rechaza aprobar una enmienda para despenalizar la homosexualidad en el mundo y que las lesbianas y los gays no entraremos en el reino de los cielos.

Para no ser un monstruo, me hacen sentir como tal.

Segunda estación: El sexo es la perdición

Al sacerdote de la segunda parroquia del centro no le hace mucha gracia confesarme. Cuando el ayudante del cura me lleva a la sacristía para pedirle que me dé unos minutos, el prelado me mira fijamente y respira de forma ruidosa para hacer patente su hostilidad.

El enterarse de mi lesbianismo le hace menos gracia. Me ordena que me aleje de mi novia de inmediato, que deje de verla.

—Pero es mi compañera de trabajo —argumento
—Me da igual. Cambia de trabajo —me contesta como si con la actual tasa de paro en España fuera tan sencillo—. Esto es un pecado muy grave, pero supongo que no es mortal, que no has tenido relaciones sexuales…
—Bueno, padre, la verdad es que sí he tenido.
Y con mi respuesta su descomunal respiración crece a niveles insoportables.
—Pues es pecado mortal, ¡mortal!

Mi penitencia es un padrenuestro y un avemaría. No son ni las once de la mañana y ya me pesa el cuerpo. Supongo que es el cansancio normal que debe de sentir un monstruo que está a punto de quedarse sin novia y en paro.

Tercera estación: El amor no es ser feliz, sino todo lo contrario

Llego a una basílica en el centro de Madrid. Por fin un sacerdote joven. Pero mi idea de que la juventud es aliada de la tolerancia me dura muy poco.

El clérigo me deja claro que el Papa ya ha declarado que ser lesbiana no es una enfermedad, sino una tendencia que hay que corregir. Compara mi tendencia a amar mujeres con la tendencia de los asesinos a asesinar, la de un pedófilo a violar niños y la de un ladrón a robar.

—Pero padre —me quejo—, esas son cosas malas. Lo que yo siento es amor, amor por una mujer. El amor es algo bueno, no es comparable a un asesinato
—No, tú no sientes amor. Tu idea del amor no es correcta. El amor no es lo que piensas. No es ser feliz, todo lo contrario. El amor no es buscar la alegría o pasarlo bien. El amor es seguir el camino correcto, y el camino correcto que debes seguir está al lado de un hombre. Tienes que buscar ayuda.
—He buscado ayuda, he ido al psicólogo.
—¿Y qué ha dicho el psicólogo?
—Ha dicho que todo está bien, que no pasa nada, que ser homosexual es normal y que no tengo que sentir culpa por eso.
—Pff, los sicólogos son todos unos ladrones, dicen lo que quieres oír para robarte el dinero. Tienes que buscar un psicólogo católico, te dirá algo muy diferente a eso. Y tienes que dejar de ser amiga de las lesbianas.
—¿Pero no puedo tenerlas ni como novias ni como amigas, padre?
—No, porque los homosexuales siempre culpan de todo a Dios y al Papa. Y porque tú estás hecha, tu cuerpo está hecho para estar con un hombre, casarte y tener hijos, eso es amor. Y si no quieres casarte, pues no lo hagas, pero no vivas como una lesbiana porque todas las relaciones entre lesbianas acaban mal, es malo. Un asesino nunca será feliz, un pedófilo tampoco. Igual que una lesbiana o un gay. Te asquearás de eso, de la vida de las lesbianas. Es imposible que algo tan antinatural termine bien.

Me voy con la moral por el suelo, una penitencia de tres avemarías y una invitación a unas jornadas de matrimonio dictadas por él, para aprender lo que en la Iglesia es realmente el amor, ese sentimiento tan alejado de la felicidad.

Cuarta estación: ¡Abajo los socialistas!

En una iglesia del barrio de Ventas mi confesión es bastante curiosa, ya que además del sermón, consigo un adoctrinamiento político.

Como en el resto de confesiones, el párroco me recomienda alejarme inmediatamente de la mujer a la que amo. Me enseña a ponerle límites al amor, puesto que a su juicio el amor no puede salirnos del corazón sin ningún tipo de supervisión ni frontera. Me aclara que está bien que las mujeres se quieran, pero cuando ese amor toma un matiz sentimental debe frenarse de inmediato, pues es el fin de la humanidad.

—Además el amor entre dos mujeres es ilegal —sentencia el cura.
—No lo es, padre. Aquí en España dos mujeres pueden casarse y tener hijos que son de las dos.

A medida que mis palabras emergen, su rostro se descoloca.

 

—¡Ay, los socialistas! Esa no es una ley de Dios, cristianamente no es posible. Los socialistas han hecho un mal a la sociedad. Sí, son anticatólicos y anticristianos. Ese señor sin fe que es Zapatero y sus secuaces, todos masones, desean borrar el nombre de Cristo. Si pudieran quemar todas las iglesias lo harían, pero no pueden hacerlo porque el pueblo se levantaría. No te fijes en todo el mal que están haciendo. No te fíes. No los escuches. Tú escucha a Dios, habla con esta chica y dile que no. Un “no” rotundo. No lo dudes aunque se te desgarre el corazón. Renuncia a la felicidad carnal, vence el resquemor a la relación con un hombre, recupera la fe. Dale al Señor lo que más te cuesta.

 

Mientras me marcho se me olvidan las tres avemarías de penitencia. Tengo la cabeza en la niña que quería ser santa y que pensaba que Dios la quería por sobre todas las cosas. La que pensaba que Dios sólo quería que fuera feliz. Y ya no sé si me da más pena la niña que fui o el mismo Dios que presenta la Iglesia.

Quinta estación: La vida no es vivir lo que a uno le gustaría vivir

Por primera vez en mi vía crucis un sacerdote no me dice directamente lo que tengo que hacer. No me ordena o recomienda que deje a mi novia.

—Yo no puedo decirle lo que tiene que hacer o tiene que pensar. Usted tiene que leer, escuchar, ver y tomar la decisión —me dice—. Usted ante todo tiene que valorarse a sí misma, conocerse a sí misma. ¿De qué serviría que yo le dijera algo? Usted está informada. Usted ya sabe lo que dice el Papa al respecto. Y no es algo que vaya a cambiar cuando cambiemos de Papa.

—Pero padre, ya sé lo que dice el Papa, y no me gusta lo que dice. Yo con mi novia me siento bien, me siento feliz, enamorada. El Papa hace que todo esto se vea como una aberración. ¿Cómo es posible que algo tan bueno como el amor que sentimos pueda ser tan malo?
—Claro, porque esto es como el señor que dice: “Me gusta más mi vecina que mi mujer”, y eso le hace sentir bien. O un niño puede decir que le gustaría ser Cristiano Ronaldo, o como el cojo al que le gustaría no serlo… Pero esas cosas no pueden ser. La vida no es lo que a uno le gustaría vivir. A todo el mundo le da pereza levantarse para ir a trabajar y les gustaría recibir el cheque todos los meses sin tener que madrugar. No se vive de las apetencias.
—Pensé que estábamos aquí para ser felices. Para buscar nuestra felicidad. Yo soy lesbiana, me hace feliz y no puedo evitarlo.
—Uno puede ser homosexual y ser católico y creyente y vivir una vida con fe, usted no puede excusarse. Yo conozco homosexuales que son católicos que han decidido renunciar a su homosexualidad y están casados, con mujeres e hijos y son felices por haber vuelto al camino correcto. Al final tenemos que asumir nuestra vida. Usted tiene que asumir la suya y de acuerdo con lo que usted cree y sabe y ha oído y leído. El señor del cuarto piso no puede decir: “Es que yo prefiero vivir con mi vecina, con lo bien que me encuentro con ella, soy más feliz”. Sí, hombre…

No me absuelve de mi “pecado”. Me pide que lo piense y vuelva después a confesarme, que me tome mi tiempo. Antes de irme me recuerda que mientras medite tenga en cuenta que el Papa es el único que no me engaña. Pero yo casi no lo escucho, no puedo sacarme de la cabeza a todos los gays y lesbianas que no logran ser felices porque se creen las historias de la Iglesia, las historias de que no podemos hacer de nuestra vida lo que nos gustaría vivir.

Sexta estación: El amor de verdad sólo está al lado de un hombre

El último sacerdote pertenece a la orden de los capuchinos. Estamos en plena Semana Santa, las conciencias de los católicos parecen revolucionadas y, por primera vez, me toca hacer una cola de más de siete personas para confesarme.

—Tienes que pensar: “¿Esto es lo correcto? ¿Es realmente natural?”. Esto no es natural. ¿Realmente quieres al Señor? Si lo amas y quieres amar a esa mujer de una manera sana, pues habla con ella, pregúntale: “¿Podemos ser amigas?” Si no se puede, pues nada, hay que dejarlo ir, porque no es algo bueno para vosotras ni para la sociedad.
—Pero padre, ¿qué pasa con el amor, la felicidad?
—El amor de verdad sólo está al lado de un hombre.
—Pero padre…
—No, ese placer que sientes no está bien. Esto no es natural. Hay naturalezas que están desviadas, no sabemos por qué. Puede que sea un fallo; tú no eres culpable de esto, pero debes evitarlo. Dios te va a perdonar. Tú eres como la adúltera del Evangelio. Jesús la perdona, pero le dice: “Ya no lo hagas más”. Dios te perdona, pero no lo hagas más.

Mi experimento termina dejándome una sensación muy incómoda en el cuerpo. No soy un monstruo, pero me hacen sentir como tal. No estoy enferma, pero sí tengo una desviación como la de los pedófilos, los asesinos y los violadores. Ni mi vida, ni mi corazón ni mi cuerpo me pertenecen. No debo buscar la felicidad y da igual hacia dónde se dirijan mis sentimientos, siempre y cuando no los exprese.

Los resultados de mi experimento me asquean y me entristecen. Pero no por mí, sino por los receptores y crédulos de este mensaje.

 

Ilustraciones: Amelia Fragoso.