EL NIÑO MÁS CALLADO DEL SALÓN

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Por Aída Quintanar

Nunca había visto a alguien escribir como él lo hacía, tomaba el lápiz con los cinco dedos de su mano. Parecía difícil pero él ya estaba más que acostumbrado, no escribía lento y su letra era bonita. Ramiro era el más callado del salón. A pesar de ser introvertido nadie se burlaba de él, incluso creo que lo queríamos, pero no sé por qué, tal vez no era amor, tal vez era lástima. La maestra nunca tocaba el tema, creía que nadie sabía nada, pero éramos niños y escuchábamos todo.

Ramiro nunca lloraba. No tenía padre ni madre. Blanca, su abuela lo llevaba y recogía de la escuela. A diferencia de su nieto ella si lloraba, visitaba a la maestra frecuentemente y hablaban por horas. La anciana le contaba sus penas, se quejaba, también se reía, veía a Ramiro y lo regañaba frente a todos. Ella nos conocía, sabía nuestros nombres y apellidos. Le había contado a la maestra que su hija le dejó a Ramiro cuando él tenía apenas unos días de vida, después no supo más de ella.

En el corredor Madero del centro histórico de la ciudad de México siempre hay algo qué ver. Los novios se compran un helado y caminan imaginando su futuro. Los señores se comen con los ojos a supergirl o batichica en sus pantalones de látex bien ajustados. Los ancianos prefieren la música latina que sale del Sanborns de azulejos. Los que van entre amigos se quedan a tomar una cerveza en el salón Corona. Músicos de garage toman la calle para presentarse al mundo. Niños descalzos se sientan en el piso para que les des una moneda.

Los comerciantes de la principal vía para llegar al Zócalo se han vuelto famosos en la zona, y el joven de camisón blanco con tenis rosas no es la excepción, a él lo he visto tres veces, siempre haciendo algo distinto. La primera vez lo vi bailando sin ritmo y sin canción, tenía un sombrero en el piso para que le dieran algo, pero solo lo miraban feo, parecía un loco.

III.

Ramiro era el más blanco del salón, no se veía un solo lunar en su cara y tenía las espinillas llenas de moretones por las tantas veces que se había pegado con las escaleras de la escuela, usaba zapatos ortopédicos que hacían juego con su cabello negro. Cuando hablaba era para pedir algo y si lo hacía, casi lo murmuraba.

Vivía cruzando la calle en una casa verde azul, abajo había un local donde arreglaban autos. Su abuela no dejaba que Ramiro llegara solo a la escuela, aun teniéndola enfrente.

Un día una practicante lo regañó por cómo tomaba el lápiz para escribir. Aquel día algunos compañeros lo defendieron argumentando que el punto era escribir no importaba cómo.

IV.

RAMIROCon lluvia o con sol, de noche o de día, siempre hay alguien en la calle Madero. Si tienes hambre pero poco dinero, unos tacos de canasta son la opción. Si te duele la espalda hasta un masaje de $15 te consigues. Si solo quieres ver la luna más de cerca, una mirada por el telescopio vale $10.

Un domingo me detuve a escuchar La calle mata, un grupo de rock que tomó la avenida como su escenario y fuente de ingresos. Apenas comenzaban la segunda canción cuando al proscenio se les sumó el mismo joven de tenis rosas, su cabello lacio le tapaba la mitad de la cara y brincaba agitando la cabeza. No miraba a nadie, solo se movía como si estuviera solo, nos ignoraba.

La tercera vez que lo vi llevaba el ya muy típico cártel de “Se regalan abrazos”, estaba solo y llevaba la misma ropa de otros días. Esta vez me alegré de verlo.

V.

Usa lentes azules sin cristal, sus ojos son claros e intenta mantener su mirada fija, pero su esfuerzo es en vano, solo logra distraerse. Dice que es un profesional de parkour y que se pasa horas saltando, “A veces gano buena lana, luego no, pero yo sigo brincando”.

Me regaló una fotografía de él practicando parkour en la calle de Correos, la imagen está gris y casi no se le ve la cara, alguien editó esa foto porque no hay piso, hay agua, casi surreal; no entiendo la imagen. Me pidió una pluma y escribió sobre la foto los horarios de sus “shows”, junto con eso añadió el teléfono de su casa. Tomó la pluma con los cinco dedos de su mano, entonces confirme, él era Ramiro. El niño que se sentaba hasta adelante por instrucción de su abuela, el niño que nunca miraba a nadie a la cara y que parecía tenernos miedo.

Supo quién era yo, se acodó de mi nombre y apellido. Y en un intento de explicar su nueva personalidad, me dijo “que la calle lo cambió, que le abrió los ojos” y ahora podía entender más cosas; habló de su abuela como si fuera su mamá, me dijo que está bien pero más anciana que antes. Sigue viviendo enfrente de la primaria, me contó que solo llega a dormir y que todo el día se la pasa en centro histórico. Terminó la secundaria y se fue a las calles.

Ya no murmuraba, casi gritaba y escupía con frecuencia, no me dejó hablar. Lo desconocí, ese flaco, era otro.

Al siguiente día llamé a su casa y en cuanto pregunté por él me colgaron. Volví a marcar y era su abuela, después de presentarme, su voz cambió. Ramiro le había contado de nuestro reencuentro, preguntó por mí y mi familia, después yo pregunté sobre Ramiro, pero no recibí muchas respuestas. Antes de colgar dijo: “Habla con Ramiro, ya vez que está medio retrasado” y colgó.