Unforgiven

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Por A. Gabriel Páramo

“Y te tragas la culpa, difusa e irracional, como todas las culpas…”
El mundo en los ojos de un ciego, PIT II

Lo veo saliendo del edificio en el que vive, ese que conozco muy bien porque tengo meses estudiándolo en google-maps y algunos recursos un poco más sofisticados a los que he ido teniendo acceso. Me fijo que sostiene la puerta metálica negra, a pesar de que va un poco retrasado para su trabajo, a una señora cargada con bolsas de pan, naranjas y un bebé llorón. Miro cómo le sonríe, con una sonrisa franca, grandota, y tengo que reconocer que no tiene mala pinta. Un poco más alto que yo, güero, robusto con tendencia a engordar que mantiene a raya con dos horas diarias de gimnasio, largos paseos en bicicleta y carreras de muchos kilómetros. Viste un traje gris clarito, de tela delgada, que yo no me pondría ni por la salvación de mi alma, corbata de rayas diagonales azules, verdes y grises. Trae el saco en la mano por lo que me fijo muy bien en que su camisa está perfectamente planchada y de un blanco que lastima bajo ese sol para el que esta ciudad sigue siendo un pedazo más del desierto que se extiende hasta muy adentro de Texas. Ah, y a pesar de los 37º que se sienten a las 9 de la mañana, el infeliz no suda, se ve fresco y hasta me parece oler su loción, algo cítrico.

Ya me lo habían dicho: si no supieras de él lo que sabes, seguro que te simpatizaría. No creo que llegara a tanto, nunca me han caído bien los administradores, pero de que se ve bien, exitoso y agradable, se ve bien. Recuerdo que pensé precisamente en eso cuando fui con mi amigo Bernardo a pedirle consejo para cazar un animal.

“¿Desde cuándo te dio por la cacería? –me preguntó el hijo y nieto de combatientes comunistas y anarquistas antifranquistas– ¿No que esas eran cosas de salvajes?”

“Pues ya ves”, respondí displicente mientras daba un trago del excelente Lagavulin 16 años, de poco más de 50 euros la botella en el duty free del aeropuerto de Aberdeen que compró mi amigo y le costó 12 días de dormir en el sillón de su despacho. Bueno, compró toda una caja.

Bernardo da una larga calada a su habano. “¿Y qué vas a cazar? ¿Venado, jabalí?”

“Algo así, grande, Un venado, sí…” –le respondí vagamente.

Bernardo me miró fijamente. Lo conozco desde hace muchos años y él, como yo, siempre hemos sospechado mutuamente que en el alma del otro hay un abismo peligroso donde se ocultan pasiones violentas. Exhaló una nube azulosa y perfumada a Cuba, dio un trago a su whiskey y aumentó el volumen de las marchas de la República que escuchábamos. “Habla más bajo, no quiero que se entere mi mujer”, me previno.

Terminé mi whiskey y le dije que se trataba de algo más o menos grande, más de 80 kilos, allá en el norte, y que iría solo. Me pregunta si llevaré un rifle 7 mm (demasiado grande) o la escopeta del 12 (muy ruidosa); le expliqué que no, que una Smith&Wesson 627-5. “Un revólver para señoras, no para cacería”, me dijo desdeñoso.

Se paró, abrió su computadora, consultó algo y regresó. Se sirvió más whiskey, pero no me ofreció, sabe que un trago es mi límite. Me miró fijamente.

“¿Sabes? Te vas a tener que acercar mucho a tu venado si quieres matarlo. Diez metros o menos, supongo que no vas a poder apoyarte y sé que no tienes mucha experiencia ni puntería. Ah, y por el amor de Dios, no se te ocurra dispararle a la cabeza, lo más seguro es que falles; dispara al pecho, en el centro. Dos o tres tiros, lo más cerca que puedas… y, por favor, no regreses acá en unos meses. No es por mí, lo sabes, sino por mi mujer y los niños”. Lo sé, le dije que no se preocupara. Nos despedimos de abrazo.

Esa fue toda mi preparación. En Tultitlán busqué el más dudoso de los muy dudosos vendedores de autos usados y compré una Ranger doble cabina con dos juegos de placas, uno de San Luis Potosí y otro de Coahuila, con dos tarjetas de circulación y dos engomados. “No se me apendeje, compa –me advierte el vendedor– no los mezcle y cuando los cambie, destruya los otros”. No le respondo, le pago en efectivo. Me lo recomendaron mis primos de Chihuahua y de todas maneras no salió tan caro. Escondo el juego de Coahuila en un doble fondo de la caja y me lanzo a la carretera. Tengo permiso para la pistola a juego con una credencial del IFE y una licencia de conducir de Culiacán; me detienen en un par de retenes y en ambos, discuto con sargentos torpes, pero me impongo y los hago que llamen a sus capitanes, quienes ven los documentos y me dan el paso. Los soldados están cansados y nerviosos, pero al menos no buscan confrontación.

Duermo en San Luis y al día siguiente sigo hacia el norte. Desayuno en el Seven-Eleven de una gasolinería y no paro hasta llegar, durante el día como burritos calentados en microondas y tomo cocacolas frías, duermo en un hotel barato del centro sin llamar la atención. Seguro que piensan que soy un norteño más en viaje de negocios. Me resisto a dar una vuelta por el edificio, no creo que sea prudente. Vuelvo a desayunar burritos de Seven Eleven con café, encuentro lugar cerca de donde pasará mi venado y espero, escuchando música barroca muy bajita.

Y ahí está.

Bajo de la pick up, que dejo encendida, pero sin las llaves –una de las cualidades por las que me vendieron esa camioneta en particular– y me acerco con el revólver listo para disparar. Me paro enfrente de él, pero no lo suficiente como para que se alarme, pero sí para que se detenga. Estiro el brazo y lo miro fijamente. Él me ve desconcertado, estoy seguro que no me reconoce, jamás me ha visto en persona; empieza a balbucir algo, no sé si una súplica o una oración, pero no le doy tiempo de seguir. No han pasado más de 15 segundos cuando ya disparé tres balazos, uno tras otro.

Miro cómo se le doblan las piernas mientras una mancha de orines oscurece la parte delantera de su pantalón. La camisa ya no parece tan pulcra, sino sudada y apestosa. Sin embargo no está herido. Disparé los tres tiros a su derecha y se impactaron en el tronco de un árbol. No fallé. Ya mi índice presionaba el gatillo cuando la vi asomada a la ventana, con el rostro más adolorido que alguien pueda imaginar y supe que el dolor era por ella, por él y tal vez por mí. Por eso no lo maté.

Lo dejé orinado, de rodillas, llorando, pero vivo. Me gustaría poder decir que su reacción demostró su verdadero carácter, pero es mentira. Seguramente yo y muchos, en esas circunstancias, hubiéramos reaccionado igual o peor.

Metí la pistola en la bolsa del chaleco, subí a la camioneta y me retiré sin prisas, como mis parientes de Chihuahua me aconsejaron entre tecates y tacos de arrachera. “No se vaya a ir hecho la chingada, primo, que lo agarran. Váyase tranquilo, como si no supiera qué pasa”. Me crucé con una patrulla con las luces encendidas, pero me ignoró. La carretera me llevó hasta el desierto blanco y calizo. Allí cambié las placas, me quité los guantes de cirujano e hice un bulto con la pistola, las balas sobrantes y todas las identificaciones falsas. No las quemé, sino que cavé un agujero y lo enterré muy profundo. Tomé bastante agua y conduje hasta Saltillo. A veces simplemente no se puede ganar; otras, ni siquiera se desea hacerlo.