Adolescentes que viven el acoso en su cotidianidad:  “Me sentí mal y me tapé”

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Por Alejandra Rojas

Tiene siete años y su hermana le ha dicho que tiene aprender, desde ahora, la realidad de la calle.

Viridiana, adolescente de 14 años, le ha contestado con un “chinga tu madre” a un hombre mayor que le ha susurrado “mamacita” cuando va camino a la panadería  acompañada de su hermana; ambas creen que es normal que  las agredan por  su forma de vestir, por su cuerpo, o creer que los hombres son así.

Para Andrea D’atri, fundadora y dirigente de la organización Pan y Rosas, normalizar y aceptar la violencia contra las mujeres porque es cultural es un grave problema en México y América Latina, donde según cifras oficiales, en nuestro país, una mujer muere cada tres horas por el simple hecho de ser mujer. Para las mujeres la igualdad ante la ley es tan distante, como la igualdad ante la vida.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) considera que la violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones a los derechos humanos arraigada en estructuras sociales construidas con base al género que trasciende límites de edad, educación o socioeconómicos.

La expresión “violencia contra las mujeres” en adolescentes entre 12 y 15 años las remonta a un esposo golpeador, una madre siendo agredida físicamente por el padre de sus hijos, faltas al respeto, humillación, violencia sexual, pero muy pocas veces a las expresiones que las incomoda como los piropos o que alguien las mire lascivamente, sin imaginar que todo acto de violencia al sexo femenino que se perpetre en la vida privada y además en la vida pública debería no ser normalizado para afrontarlo.

Jessica, de 14 años, se alistaba para una fiesta, cuando su madre la mandó a la tienda. Recuerda que llevaba un vestido corto y pegado; desde que salió a la calle sintió las miradas penetrantes sobre su cuerpo. Unos chavos en la banqueta le dijeron cosas. Le dio vergüenza. Regresó a su casa sin poder llegar a la tienda y le explicó a su mamá lo que ocurría. Su padre la acompaño de vuelta.

El acoso en el espacio público vulnera a las menores de edad por medio de gestos, tocamientos indebidos, palabras lascivas o exhibicionismos y únicamente en la capital mexicana están tipificados como violencia sexual el hostigamiento, las prácticas sexuales no voluntarias, acoso, explotación sexual comercial, trata de personas o el uso denigrante de la imagen de la mujer; sin embargo, ninguna ley en la capital ni en los estados considera como agresión el acoso sexual callejero.

Evelyn de 13 años piensa que por tener un cuerpo biológicamente desarrollado, los hombres que las acosan creen que es una mujer mayor, pero que ellas aún están chicas para recibir ese tipo de agresiones. Comparado con un estudio del INEGI, 63 de cada 100 mujeres de 15 años en adelante, ha experimentado al menos un acto de violencia de cualquier tipo.

Las menores han mostrado rechazo, asco, incomodidad, molestia, al preguntarles sobre las formas comunes de sufrir un acoso, que a veces viven en la escuela. Mariana cuenta que durante mucho tiempo un joven de tercer año de secundaria la hostigaba ofreciéndole algo en el receso, comprándole y aún luego de decirle que no, por las noches, después de salir de la escuela la perseguía. Ella tenía que cambiar de ruta para llegar a casa. Se detuvo hasta que le dio una cachetada, recuerda.

Dana, por su parte, comparte una experiencia similar, pero sus padres optaron por pagar transporte para que llegara pronto y segura. Jamás volvió a saber del chavo que la seguía. No era de la escuela, pero siempre la observaba.

Yosuani, Ximena y Nataly han pasado por lo mismo, mientras los hombres consideran que es correcto, normal y que en la mayoría de las veces ni siquiera tienen noción de la relación que tiene el acoso callejero con cosas más graves que viven las mujeres, porque como Miguel, profesor de secundaria, afirma, nunca han sentido el miedo que puede sentir una mujer en la calle.

El conjunto de conductas que conllevan misoginia, impunidad y tolerancia social y del Estado ha hecho que en países como Argentina, Chile, Estados Unidos, España y México se manifiesten en marchas masivas para alzar la voz contra la violencia hacia las mujeres.

Aunque después de casi 50 años por la defensa de los derechos de las mujeres en México, Martha Lamas, investigadora e historiadora de la UNAM, considera que hay avances importantes, sin embargo,asegura que no se ven todos porque los tipos de cambios que se exigen en este tipo de luchas son culturales que requieren mucho tiempo.

“Me gritaron sobre mi cuerpo”. “Iba con una ombliguera, me dijo cosas y me escondí en la tienda”. “No me quitaba la mirada”. “Me tocó el trasero”. “Me sentí mal, me tapé”, son expresiones de adolescentes que han vivido desde una edad muy temprana, la violencia hacia las mujeres.

Como Fernanda, alumna de primaria, cuya madre llegó a casa con su nueva pareja. Dormían en el mismo cuarto, al levantarse su mamá al baño, él fue a su cama. La tocó. Esa noche no durmió. Ahora evita estar a solas con él y pone seguro a su cuarto. Su madre no lo sabe.

No es necesaria la noche para ser agraviadas. Clara e Itzel, camino a la escuela, platicaban. Dos de la tarde. Una camioneta negra se emparejó a su paso, algo les gritó y ellas asustadas voltearon. Vieron a un hombre que entre sus manos tenía su miembro erecto, se los mostró. “Nos acosaron”, dicen.

Estas mujeres que están en construcción de una identidad piensan que ningún piropo es bonito, por el contrario, es ofensivo, nefasto, grosero, una falta de respeto a su cuerpo, intimidante, simplemente, no les gusta.

Ante acciones que pasan inadvertidas y se vuelven aceptables en la cotidianidad de las mujeres y en menores de edad que normalizan estas pequeñas tiranías o una violencia blanda como Luis Bonino nombra, seguiremos ante un machismo invisible que produce un daño sordo y sostenido.