Los mexicanos y las banquetas

45

Por Gabriel Páramo

 

Los mexicanos tenemos un pleito personal con las banquetas. No importa que la ciudad por la que camines esté en el norte o en el sur, sea una megalópolis o un pueblito; lo más probable es que la acera esté llena de obstáculos para el tránsito de los peatones.

Las banquetas están bloqueadas por muchas cosas, desde puestos de periódicos, paraderos, estacionamientos de bicicletas, anuncios y puestos fijos, hasta todo lo que la economía neoliberal nos ha legado y que muchos cantores de loas al régimen, si fueran congruentes, deberían amar (o sea, los puestos ambulantes, semifijos y similares donde se vende comida, ropa, discos, aparatos zen contra el estrés y todo eso que el autoempleo y el “es cosa que te decidas, tú puedes”, nos ha legado).

Además, las banquetas en sí mismo son cualquier cosa menos planas. Tienen desniveles, agujeros de  tamaños variados, restos de construcciones, arreglos a medias que las convierten en terrenos similares a los campos de las Ardenas durante la primera Guerra Mundial.

También forman parte de los obstáculos de las banquetas los autos estacionados por personas que seguramente están pensando en la manera de subir sus coches hasta el piso cuatro, donde está su departamento, motocicletas de reparto con mucha prisa por llegar antes de los proverbiales treinta minutos o bicicletas de las que no diré nada porque los ciclistas son una especie muy sentimental y ajena a la crítica.

Todo esto sin contar con que las mismas personas se han convertido en obstáculos, pues se detienen intempestivamente a mandar mensajes por Whats o a buscar canciones en Spotify, cuando no a tomarse selfies con fondos indudablemente artísticos como algún edificio lleno de anuncios o la cabeza de un cerdo en un puesto de tacos, situado por supuesto en la calle.