Cinco años de condena y falta de memoria

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Foto tomada de redes sociales
Beatriz Flores González
Hace cinco años estábamos cubriendo la terrible tragedia ecológica ocurrida en el parque industrial de Atitalaquia, en donde por más bomberos que llegaran, parecía que no se acabaría de sofocar el fuego, que dejó algunos heridos, pero muchos condenados a vivir con las secuelas dañinas a su salud. La explosión de la planta de agroquímicos ATC, en la que sus químicos venenosos al medio ambiente y con partículas extendidas por el viento hacia varios municipios, que dejó la marca de la bestia en sus habitantes.
 
Y no, no fue precisamente el 666 tatuado en la piel, si no dentro de su organismo. La incidencia sigue a la alta en enfermedades cancerígenas para todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, aunque las autoridades han pretendido negarlo.
 
Han sido cinco años en los que el daño ecológico provocado por esa tragedia ha ido evidenciándose cada día, con árboles cada vez más enfermos, que van muriendo, se van secando, con plantaciones reforestativas que no prosperan, con fauna que va muriendo a menor tiempo de la media común de vida, pero con evidentes cambios físicos, tumores, enfermedades poco antes vistas en los animales.
 
Cinco años en que las autoridades de todos los niveles, han dicho que no ha pasado nada, que fue una psicosis colectiva, que solo se trataba de denostar al gobierno del estado encabezado por José Francisco Olvera Ruíz, al secretario de salud, Pedro Luis Noble Monterrubio, hoy diputado federal, al también diputado federal Fernando Quetzalcóatl Moctezuma Pereda entonces secretario de gobierno y al diputado local Rosalío Santana Velázquez, así como al entonces presidente, compadre por cierto del anteriormente nombrado, Paulino Jaime Reyes Galindo.
 
Hace un quinquenio en el que a estas horas, estos personajes, a excepción del gobernador y del secretario de salud, los demás actores hicieron acto de presencia reprobando lo ocurrido, pero en cierta manera buscando ocultar la catástrofe, no la que ocurrió para la empresa, que de todos es sabido, estaba asegurada tanto la planta como lo que dentro contenía, a excepción de la vida de los trabajadores, si no las consecuencias drásticas que ese suceso traería.
 
Con declaraciones dolientes del suceso, dejaron en evidencia además, que como autoridades, como legisladores, como presidente, no habían tenido el cuidado de revisar que las leyes en materia ecológica, en materia industrial, en seguridad e higiene, de que las condiciones laborales se cumplieran en ese parque industrial, en esa empresa en específico.
 
Se evidenció también la falta de atención de instancias como la PROFEPA, la SEMARNAT, de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, de las comisiones en el congreso, para revisar las condiciones en que las empresas realizan sus procesos, el estado físico de la maquinaria, las emisiones altamente contaminantes hacia la atmósfera, la falta de equipo de seguridad para los trabajadores, los bajos sueldos que perciben quienes trabajan en este tipo de maquiladoras a cambio de recibir el veneno disfrazado de “trabajo para muchos”.
 
Ciertamente es que las enfermedades cancerígenas han sido predominantes en esta zona, Atitalaquia, Atotonilco de Tula, Tepeji del Río, Tula de Allende, pero no se había visto un incremento tan alarmante como el que se disparó a partir de la fecha. A pesar de que se ha cuestionado en los hospitales, los directores han dicho que todo está dentro de la media nacional. Pero los que lo han afirmado, no son precisamente los pacientes, si no los mismos médicos de clínicas y hospitales. “Es preocupante tantos casos que están llegando, pero lo más alarmante, que no tenemos las condiciones ni los medios para atenderlos y son enviados a hospitales especialistas en la Ciudad de México, en dónde si tienen suerte, los atienden meses después, cuando ya el cáncer ha avanzado y ya hay pocas probabilidades de salvarlos, pero además, que a pesar de padecer el cáncer físico, es también el cáncer económico, porque es una de las enfermedades más desgastantes y el sector salud, el IMSS, solo dan paliativos, pero los pacientes tienen que comprar sus medicamentos, que son en exceso caros. Lamentable que a estas alturas el cáncer siga siendo sinónimo de muerte, sobre todo para la gente de bajos recursos y a pesar de que se cuente con una unidad oncológica en el hospital general de Tula, simplemente pareciera un elefante blanco, porque carece de lo más elemental, casi siempre está vacío, por lo mismo”. cruda declaración de un médico cuyo nombre me reservo, pero que deja ver la realidad.
 
Hace cinco años que se dejó ver que la población, mucho menos que las autoridades ni los empresarios, estamos preparados para enfrentar un siniestro de esta magnitud. Fueron horas de incendio, muchas explosiones dentro del mismo. La gente más cercana, sobre todo del municipio de Atotonilco de Tula, fueron evacuados de sus hogares, a pesar de que las indicaciones decían que no pasaba a mayores, que la nube tóxica se disolvería pronto.
 
Hace cinco años se generó la gran condena para muchos habitantes de la región. Quienes nos acercamos a cubrir el evento también tuvimos nuestra dosis de veneno que a la fecha seguimos cargando. En lo personal las alergias en la piel que no me abandonan desde ese fatídico día. Quizá el caso propio es mínimo, pero en quienes han tenido hijos posterior al suceso, también se ha incrementado el índice de malformaciones congénitas, de abortos intempestivos, de niños que ya nacen con cáncer, leucemia, del incremento en enfermos con insuficiencia renal, con síndromes que antes poco se veían e incluso no se conocían.
 
Hace cinco años se quedó una gran marca para los habitantes de esta región. Marchas, plantones, manifestaciones, cierre de vialidades, visitas obligadas de funcionarios, exposiciones de ambientalistas, de especialistas en salud y en materia de accidentes industriales, unos para decir que no habría consecuencias, otros para anunciar el gran daño ecológico y humano que nos esperaba a quienes vivimos en la zona, pero más para quienes viven en Atitalaquia y Atotonilco de Tula.
 
Y para la clase política, este hecho parece haber sido solo un pequeño accidente y nada más. Porque no hay memoria, no hay respeto, no hay trabajo real para hacer cumplir las leyes, para sancionar a quienes las infringen en la clase industrial, para endurecer las penas a quienes se acaban el medio ambiente en aras de ofrecer fuentes de trabajo a personas que tienen cada vez más limitada la oportunidad de una vida saludable y con calidad. Se sanciona a quien daña una carretera por un accidente automovilístico, pero no a quienes cometen homicidios por accidentes como el ocurrido en ATC hace cinco años, ya que de inmediato abren otras plantas, en otros municipios y siguen operando como si nada hubiese ocurrido.
 
La memoria lo trajo a la mente, hace cinco años la gran catástrofe en el parque industrial Atitalaquia, respirando hedores insoportables por los químicos, metidos en charcos de agua llenos de polvos convertidos en ríos de lodos, que los bomberos arrojaron para intentar sofocar las llamas. Hace cinco años se generó la gran condena de enfermedades para la región, pero eso sí, lo que no se olvida, son las falsas promesas de campaña que desde hace una semana ya escuchamos en boca de quienes creen que nosotros no tenemos memoria.