“El Monstruo de las mil cabezas”

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“Bajo la máscara”

Al mágico deporte de la lucha libre, lo envuelve una mística única que solamente el bendito arte del gotch, sabe que es y que lo convierte en el segundo deporte más popular de México y el que nos representa a nivel mundial en cualquier parte del cosmos.

Las arenas se convierten en un receptáculo de emociones, sentimientos, traumas y un sinfín de combinaciones, que terminan beneficiando o perjudicando a los gladiadores. El técnico siempre es por mandato divino aquel que recibe todos los aplausos y apoyo del respetable.

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Foto: Guillermo Bello

Mientras que los rufianes, son víctimas de recordatorios familiares, abucheos, rechiflas y todo aquello que sirva de desquite  y desestres para el espectador. Sea como sea independientemente de si el luchador que se encuentre en el cuadrilátero sea famoso o un novato, el público es y será siempre el principal protagonista del arte del pancracio.

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Foto: Guillermo Bello

Así como lo leíste, y  si en algún momento llegaste a pensar lo contrario o te hicieron pensar que el luchador es el más importante dentro de una función de lucha libre, déjame explicarte por qué no es así como funciona.

Recurrentemente la prensa, especializada de lucha libre, se refiere a los aficionados como; “El monstruo de las mil cabezas”, pero ¿por qué?, es muy sencillo, todo luchador sea cual sea su bando, tiene como principal objetivo conquistar al público, y lo puede convertir en su aliado o enemigo según sea el caso.

Si los luchadores no logran conectar con el respetable, se notara de inmediato, y los aficionados tienen en el poder de su voz, el rumbo de la lucha…

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Foto: Arturo Cruz

Es totalmente cierto cuando aseveran que el público puede hacer y deshacer la carrera de un luchador, son pocos los elegidos por alguna divinidad que les otorga carisma a los luchadores, y cuando es este el caso, son los estetas quienes manejan al respetable a su antojo.

Así sean los rufianes más salvajes y la siguiente semana sean los técnicos más nobles del encordado, estos carismáticos personajes nunca sufrirán del silencio de los presentes, pues logran que el público se convierta en un protagonista más de cada uno de sus encuentros.

Incluso cuenta la leyenda que el público de la bella airosa era uno de los más exigentes. Pues los gladiadores que tenían en miras para planes estelares, tenían que pisar la majestuosa y legendaria Arena Afición, para obtener el visto bueno del frio respetable de la capital hidalguense.

Si los estetas lograban arrebatarle a los asistentes el aplauso o la rechifla, estaban listos para enfrentarse al público de la Arena México (el verdadero monstruo de las mil cabezas), en cambio si no lograban conectar o despertar al público conocedor hidalguense, estarían condenados y serían devorados vivos por la multitud de la catedral de la lucha libre. El Místico original es uno de los ejemplos que sobrevivieron y triunfaron ante éste fenómeno.

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Foto: Jessica Alcalá

Hoy y siempre el público tendrá en sus manos el futuro y el rumbo de la lucha libre, si en la actualidad tenemos una hibridación interesante entre lucha libre y sangre denominada; “lucha extrema”, es porque tenemos una sociedad que vive de cerca la violencia y olvida que los personajes que están arriba de un ring no son súper héroes, exigiendo como prioridad el maltrato físico de los protagonistas olvidando por completo la esencia del deporte, sin embargo esa es otra historia.

Pero lo que no debemos de olvidar es que todos aquellos que suben a exponer su vida a un cuadrilátero, se deben al público y a su vez el público se rinde a ellos, no dejemos morir este fenómeno que solamente los amantes al deporte de los costalazos tenemos en nuestras manos, convertirnos en el Monstruo de las mil cabezas:

Exijámosles a los luchadores preparación, disciplina, entrenamiento, respeto, etcétera y a su vez aplaudamos también la entrega, profesionalismo y humildad de aquellos gladiadores que se detienen y atienden uno a uno a los aficionados, firmando autógrafos o tomándose fotografías con cada uno de ellos.

Nos leemos la próxima semana y ¡¡Arriba los rudos!!