Noche

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 Autor: Erik Wanza Sandoval

  Noche mira con reserva mi sueño en silencio apenas perceptible a través del velo negro que vive frente a sus ojos amplios, de miles de estrellas que dan ese brillo particular, suspira profundo para llegar a mí sin la necesidad permanente del contacto que nos involucra más allá de lo físico y evidente, lo sabe. Mira por sobre su misterio el mito que emana de su historia y descubre mi entrega plena al abrazo que me ofrece sin pronunciar palabras porque entiende que, en algún punto efímero de los recuerdos, volveremos a encontrarnos.

  Noche huye del insomnio y reposa sobre la vigilia los pormenores de unos ojos abiertos, dilatados; deja intacto su aliento con el que ocasionalmente recorre la tierra o la fantasía para encontrarse sobre abismos donde han caído sin distinción las heridas aun abiertas, momentos donde no hubo consecuencias o la muerte de una espera como esta. En oportunidades precarias, noche tiende a sus pies el manto que la cubre sintiendo como de a poco avanza a la locura, alcanza a ver que sobre el horizonte se alzan nuevas luces y comprende, en ese instante, que solo el beso inquieto del alba logra que la lucidez permanezca inmóvil, en silencio mientras aguarda.

  Noche llega temprano inevitablemente bajo el invierno impaciente o el verano intempestivo, aprisiona los deseos de quienes se refugian solitarios en sus miedos y anda en busca de pequeños resquicios por donde la luz ingresa en aquellos ojos, ms ojos, cansados y distantes, noche sabe de la incapacidad de rehuir a las sombra y la melancolía, aun así ofrece alternativas pero no las crea, las muestra como una opción pasajera o como presagio permanente, invita a decidir bajo que tonos negros hemos de percibirla sin tocarla, por lo menos hay oportunidad de descubrirse entre sus abandonadas caricias, pero no lo sientes, no lo logras.

  Noche sabe que apenas existe, son las ocho menos quince y empiezan los primeros encantos de su llegada, la espera es una estación fría o calurosa depende de los tiempos que disponga el alma, ahí se encuentra entre los pequeños detalles y espontáneos destellos, se sabe, se reconoce, duda entre una habitación o la otra, pero siempre surge primeramente antes que las sombras, las besa con los labios derrumbados de otras pesadillas, saliendo apenas del marasmo que el desvelo nos deja como resabio de otros pecados, noche de otras historias donde amó las caricias, balcones improvisados, cortinas que resistían al viento y entregan escalofríos sobre la piel desnuda del encanto.

  Noche sobre otra noche, muchas noches, ajenas a heridas petrificadas hace tiempo que sirven para ir trazando la ruta que permita tocar la nostalgia en su extraño paso por la rutina. No se encuentra nadie sobre miradas donde no se le recibe, por eso noche se ha acostumbrado a los parpados cerrados, lágrimas aprisionadas, la oscuridad que cerca todo intento de brillo y oculta misteriosamente el porvenir. Ahí, en esas miradas no dispuestas, se guarda esta noche que no es la misma, pero que mantiene el perfume de misterio, halo de luna impenetrable que no despierta la sospecha, la duda que se acuesta a mi lado pasa inadvertida.

  Noche, últimos vuelos de aves sin retorno. Silencios prematuros que anuncian la tormenta, la respiración se atreve a romper la ansiedad y entra en el juego de la tranquilad, aunque sea por momentos. Ahí permanece la noche, agazapada compañía de gatos, pasos vacilantes sobre cornisas que no sirven para asirse y que inevitablemente llevan a las caídas para las que no existen reminiscencias.

  Lejanías siempre, historias inconclusas que indudablemente avanzan paralelas. Para noche la tristeza es una vela que se apaga cuando no hay forma de seguir negando la tristeza y aunque, recostada intente dominar la ausencia que se hunde entre sus brazos, sabe y reconoce que nunca habrá de encontrase ni con su espejo ni su sombra.

  Llega con sigilo el alba y noche de a poco se desvanece.