La Pachis sigue siendo un número más en las estadísticas, ni su familia ni el gobierno tienen nada para ella

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Por Beatriz Flores

Come lo que encuentra en las bolsas de basura, se pelea con los perros por algún desperdicio, duerme en “su nido” que arregla una y otra y otra vez, hasta que lo encuentra cómodo, en cualquier lugar, en la barranca, en la calle.

No se baña, no se cambia, huele terrible, no habla mucho, solo lo indispensable para pedir comida, para pedir azúcar en el café o decir que no le gustan los zapatos, o para mentar la madre a quien siente como amenaza para ella o para algún perro que en algún momento adopta como compañero.

Durante muchos años así ha sido la vida de la Pachis. Nadie sabe a ciencia cierta su nombre. En algún momento, hace algunos años fue reportada la misma situación y hubo alguna compasión de las autoridades en turno, quienes de cierta manera obligaron a familiares a responsabilizarse de ella y llevarla al centro de salud siquiátrica en Villa Ocaranza, en Hidalgo, pero pronto se aburrieron, argumentando la falta de dinero, las responsabilidades de cada uno con sus propias familias y simplemente, fue echada de ese lugar y vuelta a su entorno natural.

Su edad puede ser 60, 65, quizá 70 años. ¿Quién lo sabe? Al parecer ni su propia familia.  Vecinos de antaño refieren que cuando era pequeña, era una niña normal, a la que su mamá, ahora difunta, llevaba a la escuela. “¡Quién sabe qué le pasó!”, dice el primo de doña Lupita, que era una de las personas que se compadeció de ella y le daba de comer por las mañanas, antes de que le tirara la basura cuando buscaba algo de comida, pero que por las groserías de la Pachis, cuando algo no le gustaba, le mentaba la madre, la pendejeaba y hasta que le aventó encima el café caliente, se perdió de ese apoyo, porque Lupita ya es una persona mayor.

Antes contaba también con el apoyo de doña Elenita, que en paz descanse. La Pachis era dueña de todas las calles, podía caminar para arriba  y para abajo por donde la placiera y llegó a la tienda de doña Elena, quien también por compasión y por haber conocido a su mamá, la cual ya había fallecido tiempo atrás, le brindaba alimentos, pero muchas veces se los aventó, porque no era lo que ella quería y, a veces cuando se descuidaba en la tienda, le robaba las papas, las galletas, lo que alcanzara a “pescar” y se iba corriendo con su envoltorio en una cobija que quien sabe qué es lo que carga, pero que huele igual o peor que ella.

Años atrás, con las piernas ensangrentadas, escurridas durante su periodo menstrual, aunado a los orines y heces fecales, realmente era un caldo de cultivo de virus y bacterias  andante. Ahora el ciclo menstrual ya se le ha retirado, pero lo demás continúa.   La gente no se le acerca, porque la saben agresiva, los apedrea, los insulta, los corretea.

Pero actualmente, esa energía para corretear, ha mermado. Nunca ha usado zapatos, anda descalza, pero no acepta zapatos porque no le gustan. Hace mucho frío, busca y devora el café caliente que alguien le llega a ofrecer. Si no se hace algo pronto, esta mujer desequilibrada mental, podrá perecer de hipotermia, de desnuntrición, de alguna infección, enfermedad que pueda atacarla. Quizá sus defensas sean fuertes, si toda la vida ha comido basura, desechos, es parte de los mismos. Pero tal vez su organismo ya no sea tan fuerte como antes.

Y lo que ahora se escribe, es para que alguna institución pueda hacerse cargo de ella. Se supo que en la ocasión anterior que estuvo interna en Villa Ocaranza, tuvo cierta mejoría, se dejó bañar, que le cortaran el pelo, incluso podía entablar una plática. Ahora, solo palabras u ofensas, pero nadie sabe qué piensa, que siente, que espera.

La Pachis, la hija de los difuntos, la hermana de nadie, la prima, la tía, la sobrina de nadie, podría ser su última navidad o aún podría vivir muchas otras, que ojalá fueran en distintas circunstancias.

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