Es difícil ver y palpar la insensibilidad social

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Editorial

Esta semana, la primera del mes de febrero, inició con malas y peores. En Tula de Allende, el artero ataque que propició la muerte de un joven policía, con alto grado de preparación académica y mucho más grande sentido de responsabilidad, para con el municipio, para su esposa y su pequeño hijo y para honrar a su madre, que ha trabajado arduamente para dar preparación y carrera a cada uno de sus hijos.

Sin mayor explicación, solo se dio a conocer que a las 2 de la madrugada, del pasado domingo, unos tipos a bordo de un vehículo rojo, balearon a la patrulla, ataques arteros y certeros, que lesionaron a la pareja de elementos, de los cuales, uno de ellos, joven, con apenas 24 años, perdió la vida.

Mientras el joven moría, se hizo un rastreo para ver si localizaban a los agresores, que aparentemente huyeron con rumbo a Jorobas, por la carretera Tula- Refinería. Se llamó a la coordinación interinstitucional. Y obviamente no hallaron a nadie.

Este ataque no fue fortuito. Estaba ya programado, preparado, por la maña, por algún individuo vengativo, por alguien que no digirió no le permitieran hacer un negocio turbio, quizá algún familiar de alguien detenido y procesado, pudo ser cualquiera. Pero la causa no fue cualquiera. Y eso fue lo que lastimó a un municipio.

Este joven policía, un hombre e hijo ejemplar, buen hermano, buen esposo y recientemente estrenado como papá; fue un buen estudiante, con una maestría en… ¡Qué importa ya su preparación académica! Tenían los tulenses a un hombre de nivel, consagrado a la labor policial, que pudo haber tomado otro trabajo, mejor pagado, pero que su pasión por la seguridad, le hizo dejar pasar la oportunidad y quedó allí, con sus planes y sueños truncados, con el futuro para su familia roto.

Una familia que exige justicia. Una justicia que ni es pronta, ni es expedita, aunque se haya tratado de un elemento ejemplar. A la delincuencia no le importa si es un civil común, o un miembro de alguna corporación, funcionario de alguna presidencia o del nivel del gobierno que sea. Eso no le importa al crimen. Le importa cobrar cuentas, fijar posiciones, dejar en claro que están presentes, pese a todas las estrategias que se implementen para combatir el crimen.

Ante estos hechos, ya nada vale para quienes han perdido de manera vil a un ser amado. Solo les queda la esperanza de que pronto encuentren a los responsables y les hagan pagar la afrenta, esa que no devolverá la vida a quien la ofrendó como deber y por amor al servicio de la sociedad.

Al despedirlo en su última morada

Vimos a un alcalde abatido, a un jefe policiaco lastimado por este homicidio. Vimos un desfile de gente que apreciaba a “Gerry”, como le conocían, observamos el dolor de una madre, hermanas, esposa y una sonrisa de un bebé, que no comprendió que estaban despidiendo a su padre, que no lo volverá a ver jamás. Vimos a los compañeros no solo de corporación, ahí estaban también los estatales, los de la guardia nacional, los bomberos, se hizo presencia de corporaciones de otros municipios.

Dolió el crimen contra este policía. Pero también dolió la indolencia de algunos ciudadanos. De esos que siguen pensando y promoviendo que los policías son todos corruptos, impreparados, que piensan y expresan que lo que les pasa, es porque se lo merecen. De esos que tal vez no han necesitado el apoyo de un elemento, o que tal vez sí, y su experiencia quizá no fue grata y por eso odian a los policías.

Es difícil ver y palpar la insensibilidad social. Asesinaron a un hombre, a un ser humano, que antes de ser policía era precisamente un ciudadano, con compromisos y obligaciones, pero también con sueños de cambiar al mundo tan solo con una actitud honesta. Pero aún así, sueños y vida truncados por alguien que quizá no tuvo la oportunidad de ser feliz y comprometido como este ser humano al que asesinaron.

Y no solo duele el homicidio contra este joven policía. Duelen los homicidios contra otros jóvenes en Tula. Duele la indiferencia de las autoridades dedicadas a la investigación. La corrupción que prevalece entre mismos agentes investigadores, que no tienen sensibilidad atender a quienes denuncian algún delito. La pereza con la que se conducen para atender esos cargos para los que fueron contratados y que aparte del sueldo que perciben, piden dinero a los afectados para sufragar los gastos para realizar las diligencias, y si no les dan simplemente se tardan más en dar respuestas a sus investigaciones.

Hace poco más de una semana se dio inicio al reto de los 100 días, en los que con el apoyo de una organización estadounidense, pretenden reducir el rezago en las carpetas de investigación, la prontitud para resolver, disminuir el tiempo para recibir una denuncia, separar lo que es delito a perseguir de lo que no lo es y lo principal, involucrar a la sociedad. Y a pocos días, han sido heridos en el corazón estratégico de las operaciones a realizar.

Y el estado estuvo presente, lamentando este hecho, asegurando que el delito no quedará impune, pero también anticipando que “los derechos humanos” han sido factor determinante para que muchos crímenes queden impunes.

Pero no hay que dejar pasar de largo que somos los propios ciudadanos somos los que entorpecemos la investigaciones, al evidenciar rostros, al alterar escenas de hechos delictivos, al hacer escarnio de un detenido. Los delincuentes aprovechan esto, la dignificación que hace la Comisión de Derechos Humanos a todas las personas detenidas, a las que se les considera inocente hasta que se les demuestre la culpabilidad. Los delincuentes saben que si se les exhibe, se viola el debido proceso, pueden contratar al peor abogado y con este argumento, salir libres, aunque hayan cometido el más artero crimen.

El gobierno de Tula está afectado, con hambre de justicia y con el gran compromiso de reducir los índices delincuenciales. Aquí no ha bastado el reto de los 100 días. Pero la vida debe continuar, y a pesar del miedo que ahora también sienten los policías, deben continuar esforzándose por mantener a salvo a la sociedad.

Pero, ¿la sociedad a salvo de la misma sociedad? ¿De su indolencia, de su indiferencia, de su falta de sensibilidad, de la falta de valores y principios, de su resentimiento por la vida y contra todos? La lista quizá es larga, pero mientras no se recuperen esos principios, esa educación, ese amor por la vida, seguramente habrá más casos que lastimen a la población, a las corporaciones, a los gobiernos, a las familias.