Alto rendimiento en la cama…

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Me había convertido en una admiradora de Leonardo, a quien conocí por Internet en una de las aplicaciones que estaban tan de moda. La amistad tenía bastante tiempo y conversábamos horas, pero nunca nos habíamos visto: solo en fotos y vídeos que nos intercambiábamos por mensajería. Había visto todo de él, ya que me enviaba siempre fotos eróticas y vídeos desnudándose sensualmente.

Me volvía loca verlo; tenía un cuerpazo. Era un atleta de alto rendimiento y se pasaba las semanas entrenando y los fines de semanas compitiendo, con lo que no habíamos sido capaces de sincronizar relojes. Quiso el destino que un día sufriese una pequeña lesión. Era, entonces, el momento idóneo.

Así que ahí estaba yo, dirigiéndome hacia la salida del polideportivo donde estaba realizando la terapia. Teníamos muchas ganas de vernos y él me lo confirmó un poco antes con una foto en el vestuario completamente depilado. Ya estaba muy excitada durante  el trayecto en coche pensando en su cuerpo. Al llegar, lo vi con unas mallas apretadas que resaltaban su paquete, fui subiendo la mirada hasta sus pectorales definidos y, más arriba, su sonrisa radiante. Se montó en el coche y casi sin mediar palabra nos dimos un húmedo beso que hizo que su paquete fuera ya imposible de disimular. Después del beso, se puso el cinturón y comenzó a guiarme hasta su casa. Durante el trayecto, apenas podía quitar la vista de su erección. Intentaba concentrarme en la carretera, pero ese descarado bulto en su entrepierna me lo estaba poniendo muy difícil.

Ya en la puerta de su casa, bajamos del coche y sentí la tanga empapada. Me fijé en él que también trató de disimular. La primera parada fue la cocina para refrescarnos un poco. Él se sentó sobre una mesa que había y, cuando me quise dar cuenta, me había atrapado entre sus piernas. Su erección volvía a la carga y chocaba contra mi cuerpo. Con una media sonrisa le hice saber que la estaba notando. Se lanzó sin pensarlo dos veces a mi cuello y, tirándome del pelo, me iba mostrando qué zonas tenía ganas de besarme. Entonces, me levantó la falda hasta que sus manos se colaron en mi tanga de encaje. Yo agarré su camiseta hasta descubrirle ese torso tan sexy y duro, besé su estomago, sus oblicuos y, antes de bajar más, me detuvo.

Subimos a su habitación muy pegados. Buscaba con la mano su verga y la iba acariciando por el camino. Por su parte, él buscaba mis pechos y los manoseaba, excitándome mucho. Al llegar a la habitación, se giró y me fue desvistiendo. Primero, la camiseta, besándome el cuello, los pechos, los pezones. Me puse de rodillas y le desabroché el pantalón, dejándolo caer hasta sus tobillos y acaricié su pene un rato más por encima de su ropa interior. Lo liberé de los calzoncillos, besé la punta y la abarqué con los labios para humedecerla. Con la otra mano agarré sus testículos y los masajeé mientras metía su pene en mi boca. Entonces, me susurró que parara y, acto seguido, me echó sobre la cama. Arqueé las piernas haciendo que mis labios vaginales se despegaran brillantes y le alcancé un condón, que rápidamente se puso.

La punta de su pene comenzó a recorrer y juguetear sobre mi sexo. Notarla ahí tan tiesa me puso tanto que tuve que pasar de preliminares y, en un ágil movimiento, logré que entrara en mí. Tras unas cuantas embestidas, decidí llevar el mando. Me puse encima de él sin parar de gemir, viendo cómo su virilidad entraba y salía sin dificultad por lo mojada que estaba. Mis movimientos eran más rápidos cada vez y no podíamos aguantar mucho más. Entre respiraciones agitadas me susurró que se iba a correr y yo comencé a gemir más fuerte, apretando los muslos y aumentando la presión en su verga. Estallamos en un superorgasmo y, al sacarla, tenía su tripa chorreando por mis fluidos.

Después de descansar un ratito, nos metimos en la ducha. Bajo el agua, tuvimos un momento de masaje y enjabonado mutuo. Supe dónde tocar e hice que su pene volviera a despertarse. Entonces, me puse de rodillas y empecé a hacerle una mamada. No aguantó mucho y acabó corriéndose en mis pechos. El agua seguía cayendo sobre nosotros y terminó por arrastrar su semen por el desagüe.